En la tarde de Jueves Santo de 1988, la Schola Gregoriana de Murcia cantó por primera vez en la iglesia de la Merced de los PP Franciscanos de Murcia la misa In coena Domini, que es el acto litúrgico con el que comienza el llamado Triduo Sacro o Pascual (el antiguo Sacrum Triduum), o sea, la liturgia correspondiente al Jueves Santo, al Viernes Santo y a la Vigilia Pascual del Sábado Santo. La intervención de Schola Gregoriana de Murcia en esos días se realiza de modo ininterrumpido desde el año 1988, y a ella se añadieron otras dos intervenciones más, ya en el año 2012, en la propia Catedral, la misa solemne de la mañana del Domingo de Ramos y la Misa Crismal del Martes Santo. Estas intervenciones se podrían catalogar como la aportación más ortodoxa y genuina en el contexto litúrgico-musical de la Semana Santa de la ciudad de Murcia, si nos atenemos al hecho de que es la propia Iglesia Católica la que considera al Canto Gregoriano como su canto oficial.

El Canto Gregoriano tiene su origen en los antiguos cantos del culto judío y de las primeras comunidades cristianas. Estos cantos se van extendiendo desde Oriente a Occidente, conforme el Cristianismo se extendía también, dando origen a distintas manifestaciones musicales para el culto local, una de las cuales es el canto romano. El nombre de Gregoriano se debe al papa Gregorio I Magno, a quien se atribuye la codificación y recopilación de dichos cantos a finales del siglo VI con el fin de dar unidad a la liturgia católica. Unidos a otros nuevos, constituirían el primer cuerpo base  que luego se irá ampliando a lo largo de la Edad Media, especialmente en los siglos VII, VIII y IX, al contactar con el canto llamado galicano (de la Galia), produciéndose así una especie de hibridación (canto franco-romano). Posteriormente el papado aprobará esta unificación dándole un carácter oficial, y promoverá su uso y expansión por toda Europa [1].

El pilar fundamental sobre el que se apoya esta música es el texto, ya que es una oración cantada. La melodía se supedita a la letra, y es el texto, siempre en latín (con alguna palabra griega o hebrea), el que le da el sentido y la fuerza espiritual; pero, indudablemente, estos aspectos aparecen reforzados por la belleza y gran altura estética de las hermosas melodías. Es una música de gran sencillez, monódica (una sola voz), vocal, que se canta a capella (sin acompañamiento musical), aunque a veces se vea acompañada en la liturgia con un sencillo acompañamiento de órgano, y que tiene un ritmo libre, sin medida o compás, por lo que su interpretación atiende fundamentalmente al ritmo de las palabras del texto que se está cantando. Y es música que, al ser oración, sabe ser interior y humilde,  expresar maravillosamente la confianza en Dios, la adoración, la alabanza, el arrepentimiento, la súplica y la acción de gracias. Las palabras de un agnóstico como Saint-Exupéry definen claramente el significado de esta música: “El gran problema del mundo es devolver a los hombres su significado espiritual, que queden empapados de algo así como el Canto Gregoriano” [2].

Pero especialmente importante dentro de su amplio repertorio  es el conjunto de obras que componen el llamado Triduo Sacro, la serie de celebraciones con que la liturgia en la Iglesia Católica conmemora la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, y que se extienden, como hemos citado anteriormente, desde la tarde del Jueves Santo hasta la madrugada del Domingo de Resurrección, en la llamada Vigilia Pascual. Y entre las marchas procesionales de nuestras bandas de música, los conciertos de música sacra de las distintas formaciones corales o instrumentales, las sentidas “saetas” o los cantos de Pasión de los auroros, las celebraciones litúrgicas del Triduo Pascual en Canto Gregoriano constituyen la aportación musical más adecuada para el culto durante la Semana Santa.

El repertorio correspondiente al Jueves Santo tiene su momento culminante en  la liturgia de la misa citada, In coena Domini, con la que comienza el Triduo Pascual, y en ella se recuerda la Última Cena, la institución de la Eucaristía y del Orden Sacerdotal, a la vez que se incide en la importancia del Amor fraterno. Tradicionalmente la Schola canta en esta misa el Ordinario Orbis Factor (llámase Ordinario a las partes invariables de la misa, o sea, Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus y Agnus Dei). Y las obras que componen el Propio (partes variables de la misa, o sea, introito, gradual, tracto, alleluia, ofertorio y comunión) comienzan con el lúgubre Nos autem del introito, en cuya letra hay una llamada a glorificar la Cruz de Cristo, causa de nuestra salvación. En el tracto Ab ortu solis, que se canta entre lecturas, la letra hace una clara alusión a la Eucaristía. Parte importante en esta misa es el momento del Lavatorio, ceremonia en la que el sacerdote lava los pies a doce personas escogidas, recordando así el momento en que Cristo lavó los pies de los apóstoles en la Última Cena. Mientras se realiza la ceremonia suenan algunas de las  preciosas antífonas ( Dominus Iesus, Domine tu mihi, Mandatum novum, Maneant in vobis) en cuyas letras se narra el evento del Lavatorio, se recrea la conversación entre Cristo y Pedro tras la negativa de éste a dejarse lavar por el Maestro, o aparece el mandato divino del amor fraterno (Mandatum novum do vobis: ut diligatis invicem, sicut dilexi vos, dicit Dominus): “Un mandato nuevo os doy: Que os améis los unos a los otros como yo os he amado, dice el Señor”. En el Ubi caritas del Ofertorio es recurrente la idea de que donde hay caridad y amor allí está Dios presente; el amor fraterno vuelve a ser el tema principal. Pero quizá sea la antífona de la Comunión, Hoc Corpus, la pieza más bella de la liturgia de esta tarde; la letra (“Éste es el Cuerpo que será entregado por vosotros; éste es el Cáliz de mi Sangre: cuantas veces lo toméis, hacedlo en mi recuerdo”) es el soporte de una preciosa melodía que llega a momentos de suprema espiritualidad en los agudos de las palabras quotiescúmque súmitis (“cuantas veces lo toméis”), subrayando con ellos la intensidad del mandato. La misa acaba con la procesión claustral del Sacramento mientras se entona el Pange lingua cantado por los fieles, y se conduce, bajo palio, hasta el Monumento, donde se reservará para su posterior adoración.

El Viernes Santo es día de meditación sobre la Pasión de Jesús, y en la función litúrgica de la tarde hay una solemne celebración que no incluye Eucaristía. Se comienza directamente con las lecturas, tras las que se canta otra preciosa obra, Christus factus est, de las más bellas del repertorio gregoriano y de gran dificultad en la interpretación, cuya letra alude a la obediencia sublime de Cristo que llega hasta su muerte en la Cruz. Tras ella se recita la Pasión según San Juan, que se canta en latín, con tres solistas que interpretan los papeles del Evangelista, Cristo, y, el tercero, los personajes individuales (Pilatos, Pedro, Criada), mientras el coro interpreta al pueblo. El resto de la ceremonia tiene como principal protagonista a la Cruz salvadora: en procesión se lleva el Crucifijo hasta el altar mayor, mientras el solista invita cantando hasta tres veces, cada vez un semitono más alto que la vez anterior, a su adoración (Ecce lignum crucis). En ese momento los fieles comienzan la adoración de la Cruz mientras suenan los Improperios (Popule meus), especie de reproche de Cristo al pueblo, que le ha tratado de manera ingrata. Tras la antífona Crucem tuam se cantará Crux fidelis, un poético himno a la fuerza salvadora del leño de la Cruz atribuido a Venancio Fortunato (s. VI-VII). La ceremonia termina con el reparto de la Comunión, con las especies reservadas el día anterior, y el silencio que sirve de fondo a la introspección y meditación sobre la muerte del Redentor [3].

En la noche del Sábado Santo o madrugada del Domingo se celebra la Vigilia Pascual, la gran solemnidad que conmemora la Resurrección de Cristo, convirtiéndose en el acto litúrgico católico más destacado de todos. Tras la bendición del fuego en las puertas del templo y encendido del cirio pascual, que significa la luz de Cristo, una procesión, estando la iglesia en penumbra, se dirige al altar mayor, en el que el oficiante o un diácono canta el precioso recitativo del Pregón Pascual (Exultet iam angelica turba coelorum). Y después se entonará el Gloria in excelsis Deo, momento culminante por significar el momento de la Resurrección, en el que se encienden todas las luces del templo. En la Vigilia Pascual el Ordinario que se canta es el llamado Lux et Origo, recomendado para este tiempo litúrgico. Y, a continuación, un exultante Alleluia, el primer Aleluya pascual, da paso al versículo Confitemini Domino, cuyo texto invita a confiar en Dios por su amor y bondad. Parte importante en esta celebración es la Liturgia bautismal, durante la cual se canta la Letanía de los Santos y  la antífona Vidi aquam. Y a partir de este momento, con el Ofertorio Dextera Domini, la misa sigue su curso normal. La comunión Pascha nostrum alude a Cristo como Cordero pascual, víctima inmolada por la salvación, y cierra las celebraciones del Triduo Pascual.

Las celebraciones litúrgicas de estos días de Semana Santa quizá sean las más importantes de todo el año litúrgico. Se hace, pues, necesario que la música, que va indefectiblemente unida al culto, se cuide especialmente y se dignifique como corresponde. Desde nuestro coro es lo que intentamos. Así pues, seguimos en la actualidad estudiando, conociendo e intentando dar a conocer al gran público, en general, y a los fieles católicos, en particular, la belleza de esta música, origen de toda la música occidental, que, a pesar de constituirse como canto oficial de la Iglesia Católica, está hoy tan postergada, siendo una gran desconocida. Y con nuestro trabajo pretendemos dar a la liturgia la dignidad musical hoy tantas veces ausente del culto, tratando de concienciar de la importancia de este tesoro que conserva la Iglesia Católica y que no podemos dejar olvidado, presa de la desidia, la ignorancia y el mal gusto.

Autor: JOSÉ ANTIMO MIRAVETE GÓMEZ

[1] SAULNIER, D: “El canto gregoriano”, 2001. Págs. 4-8.

[2] FRÉNOD, G: “Être conduits a la prière. Introduction à la Liturgie des Heures”, 2009. Pág. 33.

[3] ASENSIO, J.C.: “El canto gregoriano. Historia, liturgia, formas”. Alianza Editorial. Madrid, 2003.